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Indudablemente vivimos en una era de grandes contrastes. Asombrosos adelantos científicos, vastos descubrimientos en el universo sumados a diversos alcances en esferas del conocimiento han llevado al hombre moderno a pensar que tiene solución a cada uno de los problemas que enfrenta.

El célebre científico Jerónimo Cardono, del siglo XIV, frente a los grandes adelantos científicos de su época, hizo la siguiente afirmación: “¿Qué hay más maravilloso que la artillería, ese rayo de los mortales mucho más peligroso que el de los dioses? (...) Añadamos la invención de la imprenta, concebida por el espíritu humano, realizada con las manos, que puede rivalizar con los milagros divinos. ¿Qué nos falta sino tomar posesión del cielo?” Este notable no vivió para verlo, pero, indudablemente, la conquista del hombre al espacio ha hecho sentir a la raza humana que tiene todo el control del universo.

Mas, frente a este panorama de gran avance científico, contrasta la situación de una humanidad en decadencia. No hace falta un estudio exhaustivo de la cuestión, si con tan sólo mirar las planas de los periódicos nos daremos cuenta de este asombroso desequilibrio. Mientras usted lee estas líneas, disfrutando de tan asombroso adelanto como es la Internet, millones están pereciendo por falta de alimento en pleno siglo XXI. Hombres contra hombres se destruyen mutuamente por asuntos ínfimos como lo es el color de su piel. La violencia humana ha llegado a grados tan extremos que ni aún las fieras del campo comparan su dureza. Los valores humanos, el respeto por la vida, la tolerancia y la convivencia son cada día más escasos.

De hecho, ¿se ha descubierto el antídoto contra la ambición? ¿Alguien ha patentado un invento contra la soberbia? ¿Acaso se ha desarrollado un trasplante de corazón para aquellos que carecen de amor natural? ¿Qué ha logrado el hombre contra esta cruda realidad? ¿Se han encontrado curas contra el egoísmo? ¿Qué solución para la violencia? ¿Ha sido la injusticia erradicada de los pueblos?

Frente a esta realidad deducimos que si bien todo el alcance humanístico y científico ha suplido diversas necesidades humanas, y merece un lugar respetuoso, éstos no han logrado operar significativamente en contra del mal que habita en el corazón humano. Ciertamente la filosofía, la ética y, en general, el conjunto de ciencias humanas, ofrecen muchas teorías, y magníficas explicaciones, pero pocas soluciones.

La historia le ha proporcionado siglos a la ciencia, para probar su eficacia contra esta realidad. Y hoy día vemos un mundo en declive. Necio sería pensar que los seres humanos lo hemos alcanzado todo, la realidad de los hechos se burlaría ante esta opinión.

¿Existe alguna respuesta para el hombre de hoy? ¿Acaso las antiguas escrituras Bíblicas contendrán la solución contra esta realidad? ¿Qué puede ofrecer el cristianismo, que no ofrezcan las demás religiones, como el islamismo, o el budismo? Estas preguntas suenan chocantes y son hasta risibles en medio de una sociedad donde el hombre no es el ser “caído”, sino el innovador, perfectible y libre pensante ser que controla su realidad. Pero hoy más que nunca la Biblia contiene todas las respuestas, y ofrece al hombre la erradicación de este mal que por siglos de siglos lo ha enfermado: el pecado. De hecho, sus páginas contienen la respuesta al hombre y la verdad que éste necesita encontrar: Jesucristo, quien vino a la Tierra para mediar la paz entre Dios y los hombres, y entre estos y su prójimo ha derrotado para siempre el poder del pecado y de la muerte.

Dios, el Dios de la Biblia, tiene en su mano la solución. Si, amado, Dios la tiene. Jesucristo el Hijo de Dios es la respuesta del Creador para el hombre. La victoria del Señor Jesús en la cruz del calvario, su vida perfecta y su resurrección gloriosa aseguran al hombre que Dios ha anexado este planeta -estropeado por el pecado y la muerte- al Reino de Dios. Nuestro conquistador dijo: “El Reino de los cielos entre vosotros está”. El enviado de Dios, Jesucristo, arrebató al diablo el señorío de este planeta, y el Espíritu Santo hasta el día de hoy -en estos mismos instantes-, está subyugando todo mal y sometiéndolo todo al Gobierno de Jesucristo. Y aunque los días del fin están contados, y con ellos el juicio y la ira de Dios se revelarán, el avivamiento prometido a su iglesia se manifestará antes, hasta completar así la restauración total del Reino de Dios

Como ministerio cristiano, estamos cumpliendo un propósito profético de Dios, anunciando y testificando estas cosas. Creemos que existe una sola iglesia en el mundo y es la iglesia de Jesucristo formada por todos aquellos que han nacido de nuevo, creyentes genuinos, engendrados por la voluntad y el poder de Dios. Todos esos son nuestros hermanos y constituyen el cuerpo de Cristo, aunque se llamen bautistas, católicos, presbiterianos, pentecostales, etc. El nombre no importa, lo importante es que hayan nacido de nuevo. Nosotros, como una celulita en el gran cuerpo mundial de Jesucristo, ejecutamos la función que Dios nos ha encomendado en Su Reino: anunciar las Buenas nuevas de Salvación, la gracia salvadora de Dios en Jesucristo y la restauración de su Reino en nosotros, su iglesia.

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